La Isla de lo Tremebundo

Aquel día el sol reinaba en todos los campos de la isla. Los pequeños habitantes del campo con el que finalizaba la gran montaña Enmedio se habían reunido para decidir lo que debían hacer ante el aviso del vecino 122 acerca de que mil doscientas nubes cubrirían la isla durante los próximos 60 años. El Supremo Rural alzó su pequeño bastón hecho con cañas de bambú sobre el que se erigía una pequeña cabeza del gusano tropical, especie que sólo contaba con 200 unidades en el mundo conocido. Apartó uno de sus rizos dorados y comenzó a hablar con aquella voz temblorosa que le caracterizaba. Todo el mundo lo atendió con la mayor quietud jamás conocida. Sólo un pequeño viento ululaba desde el norte de la isla, que seguramente provendría de las corrientes que se formaban en el río Guadalupe, que cruzaba el territorio de este a oeste. La situación es desesperada para el que sea supersticioso. La realidad es que nuestro querido vecino 122 nunca ha fallado en sus predicciones. Pero hasta ahora, la mayoría de las veces habían sido buenas, mientras que las malas apenas habían intervenido en nuestros planes de vida. En esta ocasión, si su pensamiento del futuro finalmente se cumple sería una fatal noticia para nuestra comunidad, que tendría que volver a reconfigurar su forma de vivir. Estamos ante un momento crucial para nuestra sociedad. Y debemos estar unidos.  Rápidamente una multitud de aplausos y ánimos vociferantes se escucharon en toda la isla. Y el sonido llegó hasta la ciudad céntrica de la isla, donde aquel martes hundía a sus habitantes en sus trabajos menos agradables.

El puerto se había abierto para los barcos que venían de los países exteriores. Nunca se sabía quién podía aparecer. La verdad que las relaciones exteriores de la isla de lo tremebundo no eran las mejores. Por eso jamás habían tenido un embajador en tierras extrañas, y sus informes nunca habían cubierto nada más allá del territorio isleño. Hasta ese momento no habían sufrido ninguna agresión extraña. Todas sus guerras se contaban como civiles y entre hermanos de la misma isla. El aislamiento había sido tal que comían diferente al resto del mundo, hablaban con otro idioma, besaban con distintos órganos e incluso tenían herramientas tecnológicas que nunca se habían visto fuera de la Isla de lo Tremebundo. En aquel momento ursviva caminaba hacia su trabajo. Hoy martes era día de realizar actividades desagradables. Los trabajos eran divididos entre agradables y desagradables. Usrviva trabajaba de presidente del gas de la isla cuando su trabajo era apetecible, mientras días como ese martes se dedicaba a limpiar las tuberías del puerto donde se quedaban atrabapados peces, contenedores de basura marítima, joyas del África más profunda, panfletos con la publicación de los derechos humanos y distintas dignidades de algunos de los jefes más importantes de los países adyacentes. Desde que los del campo pelearan contra los de la ciudad hace unos 10 meses, la sociedad había cambiado mucho. Las fronteras habían cercado el monte de Enmedio, y las familias habían quedado separadas. Usrviva, cuando era presidente del Gas apoyaba estas medidas, pero cuando limpiaba las tuberías del puerto prefería que todo se arreglara y volviera a ser como antes.

La impasividad dinámica de las cosas que se presentaban aquel martes presagiaba que algo cambiaría. La isla lo sabía. Incluso la oscuridad del norte lanzó un grito perenne para los memoria de los isleños. Mientras tanto la paz dormía placidamente en la cuna de aquel demonio del sur.

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Una respuesta para “La Isla de lo Tremebundo”

  1. Malva Dice:

    Quiero saber más de esa isla. El comienzo es impresionante.

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