Es un lugar frío a pesar de que por ellos pasan todos los días miles de personas. Sus bancos suelen estar enfrentados incitando al contacto humano. Pero nunca lo hay. Las fantasías avanzan entre las cabezas y sobacos de las personas que lo habitan. El sonido de cada parada es un simple paréntesis al pensamiento de las personas solitarias. La soledad en este lugar es la situación más habitual. Y la más especial.
Aquella chica vestía reluciente. El brillo de sus ojos enamorados, su cara pintada con tal sutileza que bien parecería que lo hubiera hecho con amagos frente al espejo, su bonito vestido veraniego que dejaba al aire su espalda incitando a la imaginación, y su pelo donde aún se podía ver el movimiento del cepillo de arriba a abajo. Mirada inquieta, calor en su cuerpo, tobillos delgados. Su entrada fue una más. Pisaba con fuerza pero con discrección. Sabía de su atractivo y él lo sintió mientras leía una de las últimas páginas de su libro.
Sus miradas se encontraron sin dificultad. Un vagón vacío a pesar de la multitud, los rodeaba. Fueron 5 paradas perfectas. Un amor de ida y vuelta los sobrepasó. No hablaron, no besaron. Sintieron el enigma y el misterio. Cada uno imaginó la vida del otro. Canciones perfectas acentuaban la situación en sus mentes. El sexo más salvaje y hermoso avanzó por sus cuerpos sin dilación. Quedaba poco tiempo para imaginar. Una vez que se separaran en sus destinos, no se volverían a ver. De repente ella se levantó. Su vida la esperaba. Ya le había dejado suficiente tiempo para su recreo. Había quedado con su novio para cenar. En cuanto volvió al andén, aquel joven imperfecto y misterioso salió de su mente. Y de nuevo tuvo que esperar a la próxima vez que se monte en un vagón, para disfrutar de aquellos cinco minutos donde su mente volverá a bajar intesamente la boca de metro, para olvidar todo lo que la esperaba en la superficie.
