La veía sin darme cuenta. La encontraba tras 8 horas a oscuras. De pronto nacía. No tenía que hacer nada más. Sólo respirarla. El ritmo frenético de unas 7 de la mañana de un día cualquiera de junio me hacía sentirme descolocado. Inútil ante los demás.
Unas veces la olía, otras la palpaba, y en contadas ocasiones fui capaz de tocarla. Pero era imposible abarcarla en toda su magnitud. Lo mejor que podía hacer era concentrarme en sus tentáculos que llegaban a mi sin necesidad de acercarme. Se me presentó como Barcelona. Daba igual su nombre. Ya estaba embriagado por todo lo que aún no había conocido. No hay nada más atractivo que aquello que no sabes qué es. Y ella tenía mucho de ello.
Estaba de pie y tumbada. Dormía y saltaba. Corría y andaba. Yo poco podía hacer. Simplemente verla, descubrirla y saborearla. Unas palabras sobre ella quizá sean una forma de devolverle lo que pueda darme. Simplemente será un intento.
